Objetos

La gloria de Victor Hugo se materializó en una inaudita cantidad de objetos de todo tipo fabricados con su efigie desde 1870 a 1890. Pero su gloria también nació en la intimidad de su hogar, a través de los recuerdos o reliquias relacionados con la vida del poeta y sus allegados y, en particular, de Léopoldine. Estos elementos formaron parte del museo desde sus inicios y constituyeron un «museo íntimo» al que se contraponía un «museo popular». Al inaugurarse el museo, una sala presentaba al Hugo «íntimo» y otra al Hugo «popular». Los instigadores de esta presentación, Paul Meurice y Paul Beuve, deseaban «erigir un templo» a la gloria de Victor Hugo, en el que al pasar de una sala a la otra, el visitante viajara del hombre al mito.
El museo íntimo congregaba, por una parte, los objetos que ilustraban la vida social y profesional del poeta y, por otra, algunas reliquias. El objetivo de estos objetos era reconstruir su vida y explicar su historia.
Conservados en un principio por el propio Victor Hugo y luego reunidos cuidadosamente por sus allegados, la colección incluye objetos tan diversos como sus hábitos de académico y Par de Francia, sus bandas de diputado y senador, o incluso un trozo del pan del sitio de París, el tintero que usó para escribir La leyenda de los siglos o las plumas que empleó en Los miserables , además de objetos conmemorativos u honoríficos: condecoraciones, medallas, toques de fajina, regalos o coronas de laurel.
También se incluyen reliquias como rizos de cabello, camisas, zapatos de Jeanne, el collar del perro Sénat y un conjunto de objetos relacionados con Léopoldine, que falleció trágicamente en 1843, como su corona y el vestido de novia o el vestido que llevaba cuando se ahogó. Estos objetos se turnaban para recibir el culto familiar en una especie de altar –un armario esquinero situado en el dormitorio de la señora Hugo–, en Hauteville House, Guernsey.
En este sorprendente «museo popular», el Victor Hugo privado daba paso al Victor Hugo público. El 1 de junio de 1885, mientras Paul Beuve regresaba a su hogar tras asistir al funeral en honor al poeta, adquirió un plato de barro cocido que llevaba en relieve el retrato de Victor Hugo. A partir de aquel momento, este modesto empleado dedicó su tiempo a escudriñar las tiendas de antigüedades en busca de platos, tinteros, fotos, cartas, almanaques, anuncios, bustos, máscaras, cabezas de pipa, tabaqueras, medallas, toques de fajina, libretos de canciones o frascos de tinta con la efigie del poeta. Esta colección de objetos que inició en 1885, contaba ya con 4.000 piezas en 1895 y 8.000 en 1902. En este año es cuando, de común acuerdo con Paul Meurice, se acuerda que una parte de la colección entre a formar parte del futuro museo Victor Hugo, cuyo primer bibliotecario será Paul Beuve.
Diversos objetos cotidianos, industriales o fabricados en serie, se convierten en un reflejo de la avidez de publicidad de algunos comerciantes. Y más que sus cualidades estéticas, su auténtico valor reside en la información que nos proporcionan sobre la popularidad de Victor Hugo en los años 1870-1902. Es principalmente su abundancia, su multiplicación, lo que nos desvela la increíble repercusión de la obra de Victor Hugo y el lugar que el poeta ocupó, a la vez simbólico y real, en el alma de los franceses. Estos objetos, basándose en dos o tres retratos de Nadar, Pierre Petit y Carjat, dibujan un Hugo consensuado, el «Padre Hugo», genio consagrado, universal y, al mismo tiempo, poseedor de conciencia moral. Buena prueba de ello, si no por su pertinencia al menos por su eficacia, es que la imagen de Victor Hugo que ha trascendido hasta nuestros días es la del hombre genial y benévolo, barba blanca incluida.